TIERRA EN LOS BOLSILLOS

Olivos

 

El hijo mayor, Joaquín, entró corriendo en la casa y al llegar al salón casi echa abajo el gigantesco árbol de navidad que escoltaba en una esquina al resto de la familia. Esta, arracimada alrededor de una mesa que tenía de centro un pequeño y deforme Nacimiento, con las manos metidas debajo de ella buscando el calor del brasero de carbón, dibujaron en sus caras extrañas muecas de angustia mal ensayadas.

‒Lo han encontrado ‒dijo Joaquín entre jadeos‒. ¡Lo han encontrado!

Un leve «¡oh!» fue creciendo a medida que la noticia calaba en cada uno de los allí reunidos. Maura, la hija mayor, la soltera, se echó las manos a la cara y dio un par de cortos pero agudos chillidos que ninguno llegó a descifrar; Chico, el hijo menor, se abalanzó hacia su hermano y lo abrazó y besó en la mejilla repetidas veces; y Laurita, la hija menor, con sus diminutas manos agarró las de su marido, que estaba sentado a su lado, y las estrujó como si de estropajos se tratasen. Las mujeres de los dos hermanos y todos los nietos, que eran unos cinco y de diversas edades, ayudaron a que la alegría se apoderase de nuevo de aquella casa aquel día tan especial.

Los hermanos, Joaquín y Chico, fueron los encargados de ir al cuartel de la Guardia Civil. Allí, dos agentes los mandaron al Centro de Salud. Una vez llegaron, corrieron hasta la consulta donde estaba su padre, que era atendido por el médico y dos enfermeras que estaban de urgencias. El hombre estaba perfectamente, solo algo desorientado y con un poco de frío, algo normal después de pasar casi toda la noche y parte del día perdido en los campos de olivos que rodeaban al pueblo.

‒Calor y descanso ‒dijo el médico con una amplia sonrisa‒. Eso es todo lo que necesita. Por cierto, ¿es la primera vez que lo hace?

‒La primera, doctor ‒respondió Joaquín‒. Hasta ayer mismo estaba bien. No sé por qué lo ha hecho.

‒Bueno, ya saben, a esos años… ‒dijo sin dejar de sonreír. Y antes de salir de la consulta agregó‒: Cuiden de él. Y feliz Navidad.

Algunos los esperaban de pie, como Maura, que recorría el pasillo que iba del salón a la puerta varias veces cada pocos minutos, y asomaba la cabeza por la abertura de esta a la vez que musitaba algunas palabras ininteligibles. Otros seguían sentados en sus mismos asientos, sobre todo los nietos mayores, que se guiñaban los ojos y sonreían observando a su tía ir de arriba abajo con una desesperación, para ellos, algo desproporcionada. Un rato más tarde llegaron los tres y toda la familia se lanzó a recibirlos. Se armó una buena algarabía cuando vieron entrar al abuelo de manos de los dos hijos. Maura los mandó a callar a todos, apartó a empellones a sus dos hermanos y tomó del brazo a su padre para llevarlo hasta el sillón vacío que lo esperaba en el salón.

‒Estoy bien, estoy bien ‒dijo el anciano con voz temblorosa y cansada, como si hubiese vuelto en sí una vez se halló en su lugar‒. No os preocupéis.

‒Pero padre, ¿cómo le dio por ahí? ‒le preguntó Maura con un deje de reproche que apenas pudo reprimirse‒. Irse así, en mitad de la noche, sin más ni más…

‒No lo sé, hija, no lo sé. Apenas recuerdo nada. Solo que… Nada, nada, que no recuerdo.

El anciano bajó la mirada entre confuso y avergonzado. Los nietos lo rodearon mirándolo como a un extraño, como si lo viesen después de una eternidad.

‒Habrá que darle una buena ducha caliente, cambiarle la ropa y acostarlo para que descanse ‒dijo Laurita, que observaba detrás sin separarse de su marido.

‒Yo me encargo de eso ‒respondió Maura, que inspeccionaba a su padre con deseos de encontrar alguna anomalía que el médico habría pasado por alto‒. Pero ¿qué es esto, Madre Santísima?

Todos se apiñaron aún más sobre el viejo, que había levantado la vista asustado.

‒¡Trae los bolsillos llenos de tierra! ‒exclamó Maura, irguiéndose ante todos y mostrando su mano extendida cubierta de roja arena y pequeños terrones. Parecía mostrar la evidencia de algún terrible delito, porque todos los hijos miraron al padre con grandes ojos.

Algunos nietos rieron, lo que normalizó un poco la situación. El abuelo se hurgó en los bolsillos y derramó el resto de la arena sobre el suelo. Nadie dijo nada. Los hijos se miraron cómplices, excepto Maura, que al descifrar el mensaje tácito de sus hermanos bufó enojada y se llevó a su padre al cuarto de baño.

‒Ha empeorado mucho ‒dijo Chico cuando se aseguró de que su hermana no lo escuchaba‒. Ya lo hablamos anoche mientras cenábamos.

‒No fue un buen momento para hablarlo, Chico ‒le respondió Joaquín‒. Era Noche Buena. Y ya sabes cómo se pone Maura cuando hablamos de eso.

‒Me da pena de padre ‒intervino Laurita, que agregó mirando a su marido‒: pero lo mejor es llevarlo a la residencia de la ciudad. Allí estará bien atendido. Maura…

Joaquín asintió sin decir nada porque Maura volvía para ir al cuarto de su padre a por ropa limpia.

‒Sé de lo que habláis ‒dijo mirando de reojo a sus hermanos mientras pasaba frente a ellos‒. Yo también quiero una vida, no lo olvidéis. Pero es mi padre. ¡Y el vuestro!

Cuando Maura acostó a su padre, todos se reunieron alrededor de la mesa. Uno de los nietos pequeños encendió las luces del árbol de navidad, creando un ambiente rítmico, pero extraño y pesado. La tarde estaba nublada, y la luz grisácea que entraba en la casa condesaba aún más el aire caldeado por el brasero.

‒Padre no irá a ninguna residencia ‒comenzó Maura‒. Yo me ocuparé de él, como hasta ahora.

‒Papá ya no es el de antes ‒argumentó Joaquín‒, y tú con tu trabajo no podrás dedicarle todo el tiempo que necesita.

‒Maura, Joaquín tiene razón ‒secundó Chico a su hermano.

Laurita se limitó a asentir con la cabeza gacha. Nadie más dijo nada durante unos segundos.

‒ Allí estará bien, y le podremos visitar todos los días ‒añadió Joaquín‒. Además, podrás tener más tiempo para ti.

Las luces del árbol iluminaban a ratos los rostros de todos con colores desvaídos. A Maura le coincidió de lleno el blanco, favoreciendo su rostro de madonna. Se irguió en la silla y alzó su frente altiva, pero en el nacimiento de sus ojos brillaban dos desobedientes lágrimas.

‒Habrá que vender las tierras ‒dijo al fin ya con los carriles húmedos y brillantes dibujados a lo largo de su tensa mandíbula.

Ya estaba decidido. El ambiente se relajó y las mujeres fueron a la cocina a por las sobras de la cena de la noche anterior y que tanto celebraron todos. Marisco, carnes ahumadas y deliciosos dulces amenizaron la tarde. Los nietos comenzaron con sus juegos y risas. Los adultos hablaban de cualquier cosa, distendidos, sonrientes y recordando las fechas en las que estaban y olvidando otros asuntos. Nadie se percató durante horas de la cama vacía y de la puerta entreabierta. Nadie pensaba en el que se llenaba en ese momento los bolsillos de tierra roja.

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EUROPA Y LA TELEVISIÓN

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Que sí, Europa, que ver en el telediario a un niño negro con su barriguita inflada y sus ojitos rodeados de moscas sabiendo que días o quizás horas después esté muerto, así como ver los cadáveres que deja un ataque en el conflicto de Sudán del Sur, te levantan el estómago y te quitan las ganas del potaje y su tocino. Pero ahora, Europa, lo tienes en tu puerta. Ya no tienes a un niño tristón y famélico que te mira a través del objetivo de una cámara de televisión, ahora ese niño te mira a los ojos delante de tus propias narices, y es tan complicado no mirarlo, ¿verdad? Y el cadáver de una guerra ya no está a miles de kilómetros, sino que debes tú mismo recogerlo de tus playas.

Y aun así, prefieres no verlo. Europa, perdona que te lo diga, pero eres una escrupulosa, una pusilánime y una pija hipócrita. No te basta con levantar vallas coronadas de concertinas por tus fronteras, ignorar aquel acuerdo de Schengen al que ahora tildarás de utópico, sino que incluso has pagado al malote del barrio feo para que no deje acercarse a ningún vecino suyo a tu escrupuloso, pusilánime y pijo barrio residencial.

Para colmo, el atentado al seno de tu incuria te ha exacerbado tu siempre latente xenofobia, y aprovechas para justificar tus inhumanas acciones desde el cinismo más ofensivo. Europa, si de algo puede servir esta tragedia es para abrirte los ojos al mundo de una vez y para que seas capaz de afrontar que las desgracias y las guerras ya no se pasan a salto de canal de televisión.

LA VISITA DE UN AMIGO

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Ni el peor de los agoreros se hubiera atrevido a vaticinar ninguna cábala aquella mañana gris y sucia.
El clic del encendedor del coche le avisó de que ardía. Extrajo aquel cilindro de punta roja y lo juntó con el cigarro que pendía de sus labios. El hombre nunca había matado a nadie, no era esa clase de tipos, pero al revólver que aguardaba en la guantera ya se le había trazado un horizonte de expectativas, que no era otro que el de acabar tan caliente como el encendedor.
El Mercedes 300 color gris plomo se detuvo en la pequeña y desierta gasolinera a la entrada del pueblo. El hombre siguió con los ojos, entre el humo azul que despedía su nariz, la estrecha carretera sobre el puente de piedra. Así permaneció durante unas caladas, con la esperanza quizás de que todo lo que sucediese aquel día durase lo que duraba en consumirse aquel cigarro. De su gabán sacó un recorte de periódico. En uno de los márgenes había escrito a bolígrafo una dirección y un nombre. Luego, volvió a poner en marcha el vehículo.
El hombre bajó del coche y leyó el nombre de la calle, se subió el cuello del gabán, metió las manos hasta el fondo de los bolsillos y caminó por medio hasta dar con el número. Cuando estuvo frente a la puerta, llamó al timbre. No estaba nervioso, pero el bulto metálico que, sujeto al pantalón, le aprisionaba la parte baja de la espalda, lo incomodaba sobremanera. Abrió una chica joven, de no más de veinticinco años, y le preguntó que qué quería.
‒Perdone que le moleste ‒dijo el hombre mostrando una sonrisa cortés‒, ¿vive aquí Francisco Sanjurjo?
‒Sí, aquí vive ‒contestó la chica esperando la explicación de rigor.
‒Soy un antiguo amigo de Francisco y excompañero del cuerpo. Me llamo Jesús Álvarez, y no sé si lo sabrá, pero hace unos meses se publicó un breve artículo en un periódico que trataba en parte sobre él. Después de leerlo me propuse encontrarlo e ir a hacerle una visita; hace tantos años que no nos vemos…; ya sabe, a estos viejos nos encanta recrearnos en el pasado, y si es en compañía de buenos amigos, mucho mejor.
La chica no dejó de sonreír en todo momento; la explicación de Jesús pareció convencerle porque le terminó de abrir. Era guapa y alegre, y vestía una bata blanca que lucía a la altura del pecho el logo de una empresa.
‒Pase, pase, señor ‒le apremió‒. Soy la chica encargada de cuidar a Paco.
‒Paco ‒repitió Jesús.
Jesús entró en la casa y siguió a la chica. Dentro, todo era modesto: los muebles, las paredes decoradas de azulejos andaluces, los cuadros… Excepto uno. Sobre un mueble bar sin bebidas había un austero marco de madera, y dentro, una foto en blanco y negro de Franco estrechándole la mano a un joven, muy serio y con un finísimo y cuidado bigote.
‒Hace meses que no viene nadie a verle ‒dijo la cuidadora‒, y menos un amigo. El último que lo visitó fue ese periodista, el del artículo del periódico. Yo aún no trabajaba aquí, pero después de leerlo, me sorprendió la falta de respeto que tuvo hacia Paco. Ni siquiera tuvo en cuenta su enfermedad.
La chica se había detenido frente a una habitación. Jesús había escuchado todo lo que ella le dijo como si estuviese a cientos de metros alejada de él. Descubrió con temor que sus movimientos se habían vuelto rígidos, e intentó controlarlo. No podía permitirse algo así llegado a este punto.
‒ ¿Su enfermedad? ‒logró articular Jesús, que consiguió descifrar las últimas palabras de la joven.
‒Sí, su enfermedad ‒dijo la chica mientras abría la puerta de la habitación y entraba en ella‒. ¡Paco, hoy tienes visita! ¡Y nada menos que la visita de un amigo! Entre, señor, no se quede ahí. No se corte, sería un milagro si Paco se acordase de usted. Sufre alzhéimer.
Sobre una cama de hospital el cuerpo consumido de un hombre se hundía en un colchón exageradamente blando. Estaba totalmente inmóvil. Si no hubiera sido por el leve parpadeo de unos ojos que se perdían en el aire de aquella habitación, Jesús hubiera pensado que la Muerte le habría sacado una injusta ventaja. Se acercó a él. Su piel era tan blanca que a través de ella se podía seguir la pista de sus venas azules, que se entrecruzaban a veces como dibujadas por un niño. Apenas conservaba pelo sobre su seca cabeza, pero sobre su labio superior aún ostentaba el mismo presumido bigote de la fotografía, ahora cano. Jesús se fijó en sus ojos, trémulos y acuosos en sus órbitas. De pronto, esos ojos se clavaron en él como tensados por un hilo invisible, lo que le hizo dar un paso atrás.
‒ ¿Vive solo? ‒preguntó Jesús sin apartar la vista de su enemigo.
‒No ‒contestó la chica mientras entraba de nuevo en la habitación. Jesús ni siquiera se había dado cuenta de que la había abandonado‒. Vive con su hijo, que desde que se divorció y supo de la enfermedad de su padre vino a cuidar de él. Pero ha salido hace unos minutos. No tardará en llegar.
La chica traía consigo un plato de plástico celeste, de los que se utilizan para dar de comer a los bebés, y movía algo en su interior con una cuchara a juego.
‒Es la hora del desayuno ‒dijo la cuidadora‒. Casi siempre desayuna papilla o algún potito. Aunque prácticamente no se alimenta de otra cosa.
El enfermo al escuchar papilla reaccionó y levantó los brazos, abriendo la boca en una sonrisa asimétrica.
‒Señor, tengo que acabar de limpiar la cocina, ¿le importaría, mientras, darle el desayuno? ‒le preguntó la cuidadora, que no pudo reprimir su azoramiento, pero claramente su intención no era ni mucho menos la de desatender su deberes‒. Así también les dejo solos y podrá hablarle con tranquilidad.
Aquello cogió por sorpresa a Jesús, pero tuvo la entereza de disimularlo.
‒Claro, no hay ningún problema ‒respondió, recomponiendo sus pensamientos.
‒Bueno, estaré en la cocina. Si tiene suerte, quizás recuerde alguna historia. ‒Y se encogió de hombros sin perder la sonrisa.
‒Ojalá ‒añadió Jesús sin mirarla‒, ojalá recuerde todo lo que he venido a contarle.
La chica salió y Jesús se quedó a solas con Paco, que no había dejado de observarle ni por un segundo. Luego, acercó la única silla que había en la habitación y se sentó junto a la cama, de frente a él.
‒Paco, Paco ‒dijo Jesús mientras, absorto, removía aquella pasta templada‒. Más de media vida buscándote y al fin he dado contigo. ¿No sabes quién soy, verdad? No, por supuesto que no. Ni aunque conservaras tu cabeza podrías saberlo; ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos encontramos. Yo solo era un niño y tú viniste a mi casa, ¿recuerdas? Venías buscando algo desesperadamente. Venías rabioso como un perro. Venías sediento de sangre. Y aquí estás ahora, mírate, suspirando por un poco de esto.
Alargó el brazo con la cuchara en alto. La boca del enfermo se abrió conforme se acercaba. Ya dentro, encajó la lengua al paladar, recibiendo el contenido con regocijo.
‒Te gusta, ¿no? ‒Y le dio otra cucharada. Y otra. Y otra más. Jesús entendió que ese hombre, que parecía haber dejado de serlo, en ese momento, mientras le repasaba con la cuchara la comisura de los labios, era completamente feliz.‒ Mira lo que escribieron sobre ti hace poco en la prensa ‒Jesús sacó de su abrigo el recorte de periódico e hizo como el que leía‒: «que fuiste un grandísimo hijo de la gran puta». Eso es lo que dice. Bueno, no exactamente con esas palabras, pero sí dice que eres el único que aún vive de los que fueron en busca de José Álvarez, mi hermano mayor, la noche del 14 de febrero del 39. El único que queda de los que se lo llevaron y lo fusilaron tras el cementerio del pueblo. No me mires así, Paco, ya puedes imaginar lo que he venido hacer.
Jesús se levantó de la silla y dejó el plato sobre la mesa de noche. Salió despacio al salón y se aseguró de que la cuidadora no andaba cerca, y de uno de los sofás agarró un cojín. Entró de nuevo en la habitación y cerró la puerta sin hacer ruido. El enfermo seguía quieto, pero parecía algo disgustado por no haberse acabado su desayuno. Jesús sacó de detrás de su pantalón el revólver, que pesaba ahora como un yunque. Al ver el arma, Paco entrecerró los ojos y alargó el labio inferior, en una amenaza con hacerle pucheros. Le abrió el tambor al revólver y miró la única bala que allí había. Ahora con manos inseguras giró el tambor hasta colocar la bala en su sitio y miró por última vez la cara del asesino de su hermano. Levantó el cojín y lo puso con cuidado sobre su rostro, alzó el revólver, echó hacia atrás el percutor y apretó el cañón en el centro.
Aún se oía trajinar a la chica en la cocina cuando Jesús se escabulló de allí sin que ésta se enterase. Cuando se dirigía hacia su coche, se cruzó en la calle con un hombre de mediana edad. Jesús pudo reconocerlo, era el hijo de Paco. Tenía la misma cara que su padre en la foto, pero sin ese ridículo bigote. El hombre, cuando estuvo a su altura, no pudo dejar de observar con extrañeza que ese anciano que andaba algo agitado iba secándose los ojos. Jesús llegó al coche y, una vez puso el motor en marcha, salió de la calle a toda prisa.
En mitad del puente lo detuvo y bajó a la carretera. Se acercó a la pared y volvió a sacar de su pantalón el revólver. Debajo, el río corría rojo, rojo como la sangre que aquella mañana no derramó. Apuntó hacia el agua escarlata y disparó aquella solitaria bala. La detonación sobrecogió a Jesús, que miró aquel artilugio de acero, ahora caliente, y lo lanzó, desapareciendo en el fondo al instante. En su cabeza, una frase se repetía sin cesar: «porque sin memoria, Jesús, sin memoria no hay perdón, sin memoria no hay castigo».

UN HOMBRE DE BIEN

Josecadalso

Como os prometí, en esta entrada intentaré acercaros a un personaje de la literatura española que creo que ha sido, en cierta medida, ensombrecido por las oscuras nubes de los cánones literarios, tan destructores a veces. Este personaje es Nuño Núñez, uno de los protagonistas de la obra epistolar Cartas Marruecas, de José de Cadalso.
Cualquiera que lea Cartas Marruecas y se informe mínimamente sobre su autor, no tardará en encontrar múltiples similitudes entre su creador y dicho personaje. Pero que esto no nos desvíe de nuestro cometido, porque a estas alturas que un escritor ponga en boca de sus personajes sus pensamientos y ciertas informaciones autobiográficas no es nada nuevo para ninguno de nosotros.
Lo realmente interesante en este Nuño-Cadalso es su pensamiento sobre el ser y el estar en el mundo. Sus ideas filosóficas y prácticas sobre la vida del hombre individual en la sociedad se articulan en una dialéctica entre las dos caras de su personalidad: la postura del filósofo del Siglo de las Luces, u hombre de bien, y la de leal vasallo de su patria española. Ambas posturas, si se lee la obra atendiendo únicamente al contexto social e histórico de la época en la que fue concebida, se complementan. De la segunda visión, la del vasallo, una de las funciones es la de representar el correlato de la realidad española de la dolorida visión de súbdito de la problemática nacional.
Nuño es construido como un modelo de hombre en el que encontramos valores muchas veces ausentes en el hombre actual. El personaje de Cadalso se presenta, como hemos dicho anteriormente, como un fiel vasallo de su patria, pero lo que lo hace diferente es que ese patriotismo (confundido hoy casi siempre con nacionalismo, con todos sus contras) no es en ningún momento obstáculo para sus ideas de aperturismo hacia otras culturas y mentalidades. Así lo demuestra cuando acompaña al joven Gazel, un joven marroquí que viaja por España en la comitiva del embajador de Marruecos y que decide quedarse para conocer el país, y se convierte en su guía y tutor. De sus reflexiones se extrae la idea de ciudadano del mundo y la de la ciudadanía universal. Por desgracia, estos dos conceptos, actualmente, no parecen tener el suficiente peso en Occidente, de donde surgieron y donde se supone que son relevantes en nuestra idiosincrasia. Lo más sorprendente es que son muchas veces tomados por los sectores más conservadores y rancios de la población como antónimos de patriota.
Otro de los aspectos destacados de nuestro protagonista es la forma en la que trata el ya famoso problema de España, es decir, el carácter nacional y la decadencia del país. Nuño reflexiona sobre la falta de apoyo a las ciencias, la emigración, la división de España… Problemas que pueden parecer muy actuales, y así son, porque ya en el siglo XVIII nuestro país adolecía de estas trabas que nos hacían retroceder económica y socialmente, como nos sucede ahora. La crítica que hace Nuño de todo esto no es ácida, como se daría en otros autores de la Ilustración, sino que sería una crítica más meditada y constructiva. De ahí que a Nuño se le haya descrito como a un patriota reflexivo.
Su intención era la de alentar al pueblo, la de mostrarle sus deficiencias y subsanarlas, la de ejercer de patrón de hombre libre, justo, cosmopolita y patriota a la vez, buen ciudadano y crítico imparcial. En definitiva, un hombre de bien que deberíamos tomar como ejemplo.

CARTAS MARRUECAS

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Esta vez solo os traigo una recomendación literaria: Cartas marruecas, de José de Cadalso. Dentro de poco publicaré una entrada que se centrará en su protagonista, Nuño Núñez, alter ego de su creador, personaje epígono de la ideología de la Ilustración europea y esencial en la literatura española. Os dejo un pequeño fragmento como muestra y que espero que os incite a su lectura:

«CARTA LIV
Gazel a Ben-Beley
La voz fortuna y la frase hacer fortuna me han gustado en el diccionario de Nuño. Después de explicarlas, añade lo siguiente:
“El que aspire a hacer fortuna por medios honrosos, no tiene más que uno en que fundar su esperanza, a saber: el mérito. El que sea menos escrupuloso tiene mayor número en que escoger, a saber: todos los vicios y las apariencias de todas las virtudes. Escoja según las circunstancias lo que más le convenga, o por junto, o por menor; ocultamente, o a las claras; con moderación, o sin ella”».

HOMO TAXONOMUS

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El hombre es un animal clasificador. Sí, nos encanta ordenar el mundo, etiquetarlo, encasillarlo o, incluso, tacharlo. Sobre todo nos pirra clasificar nuestra especie. Nos clasificamos por nuestro color de piel: blancos, negros, amarillos, verde loro, azul eléctrico… También por nuestras creencias religiosas: cristianos, musulmanes, judíos, budistas, brahamanistas… O por la falta de ellas: masones, ateos, agnósticos… Como no, por ideologías políticas: de derecha, de izquierda, de centro-izquierda, de centro-un poquito a la derecha, de izquierda-otro poco más a la izquierda… Por clases sociales: baja, media-baja, media, media-alta, alta, muy alta… Por tendencias sexuales: heterosexual, homosexual, transexual, bisexual, pansexual… Etcétera, etcétera.
Otras clasificaciones más comunes, como los hombres buenos o malos, o los cuerdos o los locos, o los guapos o los feos; es decir, las basadas en pares opuestos nos gustan aún más, nos obsesionan hasta hacernos perder el juicio por pertenecer a uno u otro lado. Uno iluminado por el beneplácito demiúrgico de la masa, el otro, el oscuro y solitario del excluido. Porque esa es la verdadera separación y clasificación del homo sapiens: el ser aceptado y el ser marginado.
Nuestro necio afán taxonómico ha sido siempre el culpable a lo largo de toda la historia de las mayores bajezas morales: esclavizamos durante siglos a dos continentes enteros por el color de piel de sus nativos, masacramos en guerras a los diferentes, rechazamos con hosquedad al mendigo que nos obstaculiza en la acera, miramos con recelo al que viene del extranjero, apartamos en un rincón a los feos en el discoteca, nos reímos del gordo, del tonto, del calvo, del tuerto, incluso hasta del viejo. Nos pasamos la vida luchando por ser de aquí o de allá, de este o de aquel, con una indiferencia estúpida y baldía por gastar nuestros días dedicándolos inútilmente a ordenarnos cual insectos de un entomólogo.
Ante esto, solo puedo llegar a una conclusión: si esto se invirtiera, es decir, si el hombre sintiera un extremado apego por lo diferente, por lo minoritario, por lo inusualmente raro, seguro que nos las arreglaríamos de cualquier manera para rechazar o eliminar a todo aquel que fuera semejante a nosotros. Y ahora os pregunto: ¿y no es eso lo que realmente hacemos?

LA TRAICIÓN PROGRESISTA

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Pocas veces un acto de traición marital, como es el adulterio, se concibe como un hito en el cambio de mentalidad de una sociedad. Grandes escritores del siglo XIX coincidieron y optaron por mujeres adúlteras para que protagonizaran sus obras. Un ruso, Tolstói, lo hizo con Ana Karenina; un francés, Flaubert, con Emma; y un español, Galdós, con Fortunata. Que eligieran como protagonistas a mujeres no fue gratuito; es más, en ninguna de las obras capitales de estos escritores hubieran podido ser protagonistas y adúlteros los hombres, y esto lo aclararé más adelante.
En Ana Karenina, el adulterio y posterior suicidio de esta nos devela la hipocresía tan descarnada de la aristocracia rusa más rancia. En Madame Bovary, Emma muere envenenándose después de su fracaso y desengaño en la búsqueda de ese romanticismo del que tanto bebió en las novelas de la época. Y en Fortunata y Jacinta, Fortunata muere después de traer al mundo al “hijo del pueblo”. Estas tres heroínas novelescas fueron grandes revolucionarias, bellas, díscolas y redentoras de un mundo que les quedaba pequeño y estrecho. Ana rompió por amor el sólido tegumento del estamento social al que pertenecía y que la oprimía hasta hacerla lanzarse a las vías del tren. Emma fue la única capaz de entrever la transformación del empalagoso romanticismo al realismo más crudo. Y Fortunata le refrescó a una olvidadiza burguesía que la regeneración de la sociedad nace del pueblo llano.
Y ahora surgirían las preguntas: ¿y por qué una mujer?, ¿y por qué el adulterio? Pues bien, en primer lugar, y desde un punto de vista más superficial, no descubro nada del otro mundo diciendo que la infidelidad de la mujer, hasta hace más bien poco (hablo de Occidente y de manera muy general), era la peor afrenta para el honor de un hombre, para el de sus respectivas familias y para el de la propia amancebada. Y en segundo lugar, la traición que ejecuta la mujer a su marido casi siempre se asienta en un argumento de peso: algún tipo de maltrato, la falta de amor o de afecto, etc. En cambio, el del hombre (no olvidéis que hablo de manera general), y esto todos los sabemos, por la búsqueda de la variedad amatoria.
De ahí que este recurso temático fuese tan recurrido para estos escritores, porque gracias a él explicaban las transformaciones que se fraguaban en la sociedad de su tiempo, mostrándonos desde la perspectiva de lo cotidiano, desde el interior de una casa, desde un tálamo deshonrado, la nueva mentalidad que rompía con los estamentos sociales más retrógrados. Y con ello erigían como transgresora de normas y decoros sociales a una inocente mujer que siempre estuvo recluida en el hogar y ajena al mundo que la rodeaba. Nunca pudo haber sido un hombre, pues quedaría totalmente deslegitimado como propulsor de un cambio social por medio de un trivial desliz.
Por suerte, hoy en día, la infidelidad en cierto modo se ha banalizado, perdiendo casi todo el peso moral que poseía de antaño, por lo que el adulterio de la mujer en la novela actual no podría utilizarse para evidenciar un cambio de mentalidad; aunque sí, por supuesto, como denuncia de otros aspectos sociales. Pero lo más importante es darnos cuenta de que Tolstói, Flaubert y Galdós consiguieron demostrar por medio de sus inolvidables protagonistas que también en las mujeres residían los ánimos de progreso y de que su arma era más poderosa e infligía un daño más profundo que el de una revolución o que, incluso, el de una guerra.

LAS AVENTURAS DE UN (RE)LECTOR

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Al contrario de lo que se dice, la aventura del lector no solo está en el propio hecho de leer un libro nuevo; también está la aventura de abrir uno de los que leíste hace tantos años que ya ni recordabas, y pasar con rapidez el dedo pulgar sobre sus páginas hasta detenerlo, al azar, en cualquiera de ellas, y reencontrarte con un pasaje clave que de pronto te rescata de la sima de tus recuerdos aquella extraordinaria historia.
Esto mismo me ha sucedido en otras de mis relecturas (que aunque sea parcial también lo es), ahora con la novela de El lobo estepario, de Hermann Hesse, autor de otras grandes novelas como Demian, Siddhartha o El juego de los abalorios. Mi caprichoso dedo quiso pararse en la página 107. Harry Heller (“Lobo estepario”) adivina el nombre de la chica que conoce en el baile: Armanda. Nada más, y ella, la chica de aspecto andrógino, se personificó en mi mente con una nitidez asombrosa, con la misma cara y la misma hermosura “supraterrena”, como la define Harry, que la que recordaba de mi primera lectura. También vino Pablo, el saxofonista que lo introduce en el teatro Mágico. Y María, la amiga de Armanda. Y el hombre que descubrió las anotaciones en el doblado que su tía alquiló a Harry. Y así hasta que poco a poco y como si paseara de nuevo por una ciudad después de muchísimos años, reconociendo gratamente en ella sus esquinas, gentes, edificios y plazas, evoqué otra vez las andanzas de su singular protagonista.
Con esto, y aun sabiendo que repito el tema de las relecturas, intento describiros las infinitas (por lo menos para mí) formas de leer que existen, porque una relectura puede incluso ser más sorprendente que el descubrimiento de un libro o de un autor. Estas, a veces, se mantienen inmutables, estáticas, pero las admiramos tan bellas como siempre; otras, en cambio, parecen que sus personajes han madurado, o empequeñecido; o te iluminan rincones antes oscuros, que pasaste por alto aquella vez primera. Pero lo mejor de todo es que nos recuerda y nos reafirma nuestro incondicional amor por la literatura.

DERROTA ANTICIPADA

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Aconsejaba Bukowski: «Si no te sale ardiendo de dentro, / a pesar de todo, / no lo hagas». ¿Cómo es eso de que tiene que salir ardiendo de dentro? Nunca me he visto socorrido, para mi desdicha, por ningún tipo de llama que quemara en los interiores de mi sesera y que deflagrara un portentoso resplandor de inspiración que emborronara de pronto uno, dos, veinte folios. En mí no hay ninguna fuerza extrasensorial ni numen llameante que me lleve a agarrar la pluma, sino todo lo contrario: es la pereza, la desidia, el silencio de las musas lo que me arrastra, una vez y otra, a ensuciar el papel. Entonces, ¿es por esto por lo que lo mío siempre es una derrota anticipada?